Lou Llobell en la película Passenger (El pasajero del diablo)

Crítica de ‘Passenger’, de André Øvredal

André Øvredal construyó gran parte de su carrera alrededor de una idea bastante concreta del terror. Desde la adorada The Autopsy of Jane Doe hasta The Last Voyage of the Demeter, su marca registrada consiste en encerrar a los personajes en espacios limitados y convertir la claustrofobia en amenaza física. Passenger intenta trasladar esa lógica al imaginario romántico de la van life, tendencia asociada al desapego material y la fantasía de escapar del ritmo urbano. La propuesta de tomar un símbolo contemporáneo de autonomía y convertirlo en una trampa móvil suena atractiva en la teoría. La práctica, lamentablemente, no logra sacarle jugo.

La historia sigue a una pareja que, poco después de lanzarse a vivir en la ruta, presencia un accidente nocturno en el medio de la nada. Frenan para ayudar al conductor lastimado y, a partir de ese momento, algo comienza a perseguirlos. La entidad, una suerte de demonio que es la contracara de San Cristobal, se instala en la dinámica del viaje como un pasajero no deseado, y transforma cada kilometro del trayecto en un posible escenario de ataque.

Øvredal aprovecha esa premisa para trabajar la idea (ya bastante oxidada) de que el movimiento constante no garantiza escape. Hay algo interesante en cómo toma un estilo de vida erigido sobre la circulación permanente y lo convierte en un encierro itinerante. El problema aparece cuando la realización no consigue que esa buena semilla narrativa germine.

Passenger se suma a la catarata de películas estrenadas en los últimos diez años que se obsesiona con la mecánica del jumpscare y queda atrapada ahí. El director sigue demostrando habilidad para construir clima, especialmente en secuencias nocturnas dentro de la camioneta o en rutas desiertas donde el fuera de campo adquiere peso, pero el dispositivo empieza a agotarse antes de que la narración encuentre nuevas capas dramáticas o conceptuales.

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También hay una sensación de desaprovechamiento del universo que rodea al espectro antagónico. El guion introduce reglas y advertencias interesantes acerca del folklore que hace al viajero maldito, pero nunca profundiza demasiado en ellas. Las explicaciones aparecen tarde y de manera funcional, apoyadas en referencias religiosas que parecen añadidas para completar huecos más que para enriquecer el misterio. En una etapa del terror contemporáneo donde las mejores producciones usan lo sobrenatural para hablar de tensiones sociales, Passenger se siente obsoleta en su forma de administrar el miedo. Como si fuese un filme pochoclero del 2010, está más preocupado por sostener el estímulo inmediato que por construir una idea alrededor de él.

Lou Llobell y Jacob Scipio, actores de la película Passenger.

Eso también afecta a sus protagonistas. Lou Llobell y Jacob Scipio hacen lo posible con personajes unidimensionales, escritos desde la discusión de pareja. La película necesita que tomen decisiones absurdas para mantener activa la amenaza, y eso debilita muy rápiamente la verosimilitud, incluso dentro de un relato paranormal. En la mayoría de las escenas, el comportamiento de ambos parece diseñado solo para facilitar el siguiente susto, y cualquier tipo de tensión que no venga del jumpscare es restringida antes de siquiera tener la posibilidad de asomar.

Aun así, sería injusto decir que el trabajo carece de impacto. Øvredal sigue siendo un director competente en términos atmosféricos y hay momentos aislados muy efectivos, sobre todo en el comienzo, donde la mezcla entre oscuridad, sonido y espacio reducido consigue incomodar al espectador. El diseño sonoro carga buena parte del peso dramático (quizás demasiado) y varias secuencias logran la configuración del susto que el terror comercial viene persiguiendo hace varios años. El inconveniente es que la producción nunca encuentra una forma de evolucionar más allá de esos momentos puntuales.

Jacob Scipio, actor de la película Passenger.

Passenger termina funcionando como otro ejemplo de muchísimos que revela las características del terror industrial actual: producciones técnicamente prolijas, conscientes de las herramientas del género, pero demasiado dependientes de fórmulas conocidas. El resultado es correcto y de vez en cuando inquietante, aunque difícil de recordar una vez terminado el recorrido. Peor aún, estrenada cual sanguche entre Obsession y Backrooms, dos películas que evitan lo estandarizado a toda costa, la creación de Øvredal queda todavía más expuesta en sus limitaciones y acelera hacia el olvido instantáneo.

Nuestra calificación de la película Passenger

2.5/5 = Regular

Ficha técnica

  • Passenger (El pasajero del diablo, 2026)
  • Dirección: André Øvredal
  • Guion: Zachary Donohue, T.W. Burgess
  • Elenco: Lou Llobell, Jacob Scipio, Melissa Leo, Joseph Lopez, entre otros
  • Fotografía: Federico Verardi
  • Música: Christopher Young
  • Duración: 94 minutos