Chiwetel Ejiofor en la película Backrooms.

Crítica de ‘Backrooms’, de Kane Parsons

Los Backrooms siempre fueron algo difícil de delimitar. Nacidos en un posteo anónimo de 4chan y convertidos en fenómeno viral gracias a los cortos de Kane Parsons, estos espacios infinitos de alfombras húmedas, luces fluorescentes y arquitectura corporativa vacía fascinan precisamente por su indefinición. El terror que suscitan tiene bastante que ver con las entidades escondidas en los recovecos de sus pasillos amarillos, sí, pero también está anclado en la sensación de haber caído en un lugar que no debería existir. La adaptación cinematográfica entiende la fascinación estética, pero se muestra mucho menos cómoda con el vacío conceptual que hacía inquietante al material original.

La película sigue a la terapeuta Mary Kline (Renate Reinsve), que ingresa a esta dimensión imposible tras la desaparición de uno de sus pacientes (Chiwetel Ejiofor). Este es Clark, dueño de una tienda de muebles y arquitecto frustrado que descubre ese no-lugar en el sótano de su negocio y lo convierte en su hogar.

Ahí aparece el primer gran cambio respecto de la serie de YouTube. Mientras los videos de Parsons utilizaban personajes sin profundización como medio para mostrarnos el extravío y la imposibilidad de comprender el espacio, acá es lo opuesto. Adoptando una narrativa clásica, los Backrooms dejan de ser un accidente aterrador y protagonista para transformarse en un escenario secundario que permite a quienes ingresan recorrerlo con claridad, salir y entrar a gusto, mapearlo e incluso habitarlo. El misterio se racionaliza demasiado rápido y el filme pierde la sensación de vulnerabilidad absoluta que es el corazón de la obra gestada en Internet.

El diseño de los sets es lo más logrado de toda la experiencia. Los casi 3.000 metros cuadrados construidos para recrear los distintos niveles del complejo ideado por Parsons lo materializan a la perfección, y es en este punto donde tanto los fanáticos del director como los que están descubriendo los Backrooms por primera vez van a estar satisfechos. Si bien es cierto que faltan algunos sectores icónicos, la película lo compensa con otros nunca antes vistos que son igual de atrapantes. El problema está en que estos pasillos son siempre el telón de fondo para que los personajes se desarrollen, y nunca el atractivo principal. Hay algunas áreas increíbles que son exploradas con el apuro de una huida, y eso es una pena.

Otra carencia: Backrooms quiere funcionar simultáneamente como terror analógico y como terror psicológico, pero nunca termina de profundizar en ninguna de las dos direcciones. El costado analógico aparece reducido a un par de momentos aislados de cámara en mano y breves segmentos de found footage. El psicológico, en cambio, queda atado a una constante explicación de los traumas que hacen a los dos protagonistas y a la argumentación de por qué producen cambios en el laberinto infinito. La idea de que los Backrooms operen como una extensión de la psiquis podría haber abierto zonas interesantes, pero el guion insiste tanto en verbalizarla que anula cualquier ambigüedad. Todo está prolijamente dispuesto para justificar el concepto y nada genera impacto.

Renate Reinsve en la película Backrooms.

También resulta extraña la relación que la producción mantiene con el fandom que convirtió a Parsons en un fenómeno. Por un lado, hay detalles y referencias suficientes como para satisfacer a quienes siguieron la serie desde 2022. Por otro, mucho de lo que volvió popular a los Backrooms está ausente. Por ejemplo, las entidades originales no aparecen y son reemplazadas por criaturas mucho más definidas. El origen del complejo está mencionado apenas superficialmente, como si la cinta quisiera reservar la información para futuras entregas. Eso deja una sensación incómoda, como de obra incompleta, y evidencia que varias líneas narrativas existen más como preparación para una secuela que como elementos esenciales de esta historia.

Las actuaciones tampoco logran escapar de esa sensación programática. Renate Reinsve y Chiwetel Ejiofor hacen un esfuerzo considerable para darle humanidad a personajes escritos desde lo funcional, y la desconexión contemporánea que su vínculo intenta señalar queda enunciada más que dramatizada. El caso de Mark Duplass es todavía más desconcertante. Tener a una figura tan asociada al terror incómodo y minimalista como el protagonista de Creep para relegarlo a un rol tan ínfimo es, definitivamente, una oportunidad desperdiciada.

Es importante destacar que el problema central de Backrooms no pasa por haberse alejado del material original. Otras franquicias recientes, como Evil Dead y 28 Days Later, demostraron que modificar las bases puede ser el mejor camino para actualizar un universo. La cuestión es que la película nunca decide qué quiere ser. No abraza del todo la rareza experimental que hizo funcionar a los cortos de YouTube, pero tampoco encuentra una identidad sólida dentro del terror comercial tradicional. Queda atrapada en un punto intermedio donde todo luce correcto y cuidadosamente construido, y eso es justo lo que los Backrooms no son.

Chiwetel Ejiofor, actor de la película Backrooms.

Quizás ahí aparezca algo más amplio sobre el momento actual del género. Desde el revuelo que generó Skinamarink, Hollywood se fascinó con el terror analógico y sus herramientas, pero exhibe muchísima desconfianza hacia su crudeza. Hay una necesidad tan insistente de traducir esos universos a estructuras convencionales que, en ese intento por domesticar lo extraño, se pierde lo que hacía singular al fenómeno fuente. Backrooms es el ejemplo más evidente de esa tensión: una adaptación impecable en su superficie visual, pero demasiado preocupada por convertirse en una película de A24 como para conservar intacto el misterio que la volvió perturbadora en sus comienzos.

Nuestra calificación de la película Backrooms

2.5/5 = Regular

Ficha técnica

  • Backrooms (2026)
  • Dirección: Kane Parsons
  • Guion: Will Soodik, Kane Parsons
  • Elenco: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell, entre otros
  • Fotografía: Jeremy Cox
  • Música: Edo Van Breemen, Kane Parsons
  • Duración: 108 minutos