Tom Hanks y Tim Allen en la película Toy Story 5.

Críticas de ‘Toy Story 5’, de Andrew Stanton y Kenna Harris (Pixar)

Crítica de Clara Migliardo

Cuando Pixar anunció Toy Story 5, la reacción fue de escepticismo absoluto. No solo porque Toy Story 3 había quedado instalada como uno de los grandes finales de la historia de la animación, sino porque Toy Story 4 ya había reabierto una trama que estaba bien cerrada. En ese contexto, una quinta entrega parecía responder más a una necesidad comercial que a una narrativa. Sin embargo, y contra todo pronóstico, esta nueva aventura encuentra un solidísimo relato para justificar su existencia.

La clave está en el conflicto que propone. Dos años después de los eventos del filme anterior, Bonnie encuentra su nueva obsesión en Lilypad, una tablet que rápidamente desplaza a los juguetes. A partir de ahí, Andrew Stanton y Kenna Harris dirigen lo que podría haber sido una cómoda caída en el discurso burdo de «todo tiempo pasado fue mejor» y optan por un camino más interesante. La tecnología no aparece como un enemigo a derrotar ni como la responsable de todos los problemas de la infancia contemporánea. Por el contrario, la película entiende que las pantallas forman parte de la cotidianeidad de los chicos y que la discusión pasa por cómo se utilizan y qué lugar ocupan dentro de sus vidas.

Es justamente en ese terreno donde Toy Story 5 encuentra su mayor fortaleza. La saga siempre estuvo atravesada por el miedo al cambio y al paso del tiempo, pero esta vez deja de lado su tono siempre melancólico y se ancla con firmeza en el hoy. Las preguntas que plantea son tan actuales como complejas. ¿Las amistades que nacen en internet son menos reales que las presenciales? ¿Qué lugar ocupa la imaginación cuando gran parte del entretenimiento pasa por un conjunto de pixeles? ¿La tecnología debilita los vínculos o también puede ayudar a construirlos? La cinta evita las respuestas fáciles, detalle a destacar en un presente de la animación que tiende a sobreexplicarlo todo.

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La decisión de convertir a Jessie en el eje del relato también resulta un acierto. Después de cuatro filmes con Woody como figura central, el cambio de perspectiva le aporta aire fresco a una franquicia que corría grave riesgo de repetirse. Jessie se transforma en el corazón emocional de la historia y su recorrido recupera algunas de las preocupaciones clásicas de la saga: la necesidad de sentirse útil, el temor a quedar atrás y la búsqueda de un propósito cuando el mundo alrededor cambia. Hay una sensibilidad particular en su desarrollo que conecta muy bien con los temas de la película y que termina sosteniendo varios de los momentos más emotivos.

Pero no todo funciona igual de bien. El mayor problema pasa por el descentramiento de las dos estrellas que supieron darle latencia a este universo. Que Woody tenga una presencia reducida es lógico después del rumbo que tomó su arco en Toy Story 4. El caso de Buzz, en cambio, es frustrante. Uno de los personajes más ricos de toda la trilogía original, cuya evolución supo girar alrededor del problema de la identidad con suma inteligencia, queda relegado acá a su amor por Jessie. En una diégesis que reflexiona a fondo sobre la relevancia y la obsolescencia, no profundizar en Buzz es ignorar el elefante en la habitación.

Tim Allen y Tom Hanks, actores de la película Toy Story 5.

También es cierto que la producción carga con un problema imposible de esquivar: estos personajes ya atravesaron varias veces conflictos similares. Ya enfrentaron el abandono y la posibilidad de la muerte, ya aceptaron que crecer implica dejar cosas atrás y ya encontraron formas de seguir adelante cuando parecía que todo terminaba. Por momentos, Toy Story 5 transmite la sensación de estar retomando emociones que la saga había procesado hace años. Es difícil recuperar la intensidad de aquellos momentos cuando Woody y compañía parecen obligados a empezar de nuevo cada vez que aparece una nueva secuela.

Aun así, Stanton y Harris logran que la historia no se sienta redundante, porque la reflexión sobre la tecnología y la infancia le da una identidad propia dentro de la franquicia. Además, la animación vuelve a demostrar por qué Pixar sigue estando entre los estudios más importantes del mundo, brillando especialmente en su forma de retratar los momentos de juego desde el punto de vista de los juguetes. Ni hablar de la banda sonora del iconiquísimo Randy Newman, infalible a la hora de aportar esa mezcla de calidez y melancolía que forma parte del ADN de Toy Story desde sus comienzos.

Scarlett Spears, actriz de la película Toy Story 5.

Toy Story 5 no alcanza la potencia emocional de las tres primeras películas, pero tampoco es la continuación innecesaria que todos esperábamos. Más que preguntarse qué pasa cuando un chico deja de jugar, se pregunta qué pasa cuando el juego cambia de forma, y es en esa búsqueda que encuentra algo interesante para decir sobre las infancias de hoy. Quizás no sea una obra indispensable dentro de la saga, pero sí una que logra justificar su existencia desde una mirada sensible para con el presente y más inteligente de lo que parecía sugerir en primer lugar.

Calificación deToy Story 5

4/5 = Muy Buena

Crítica de Mikhail San Martino

La película gira en torno a la llegada de Lilypad, una tablet inteligente que irrumpe en la vida de Bonnie y desplaza, casi sin esfuerzo, a Buzz, Jessie y el resto de los juguetes. Ahora, con la ayuda de Woody, tendrán que encontrar la manera de recuperar su lugar en la vida de la niña antes de que la tecnología los vuelva definitivamente irrelevantes.

El anuncio de Toy Story 5 no llegó con entusiasmo sino con bastante desagrado por parte de los fans de Pixar. Cuando Bob Iger retomó las riendas de Disney y dejó en claro que la estrategia volvería a girar alrededor de las secuelas y las franquicias conocidas, la noticia de una quinta entrega se sintió como lo que era: una decisión meramente corporativa, no una artística. Un movimiento defensivo de un estudio que perdió la confianza en su propia capacidad para crear algo nuevo.

Para muchos, Toy Story 4 ya había estirado la historia más de lo necesario. Woody había tenido su cierre, uno que muchos consideraron innecesario pero que al menos tenía la decencia de ser definitivo. Una quinta parte sonaba, directamente, a insistencia. Y sin embargo, Toy Story 5 hace algo que su predecesora no supo hacer: encontrar una razón de ser que vaya más allá de la nostalgia y el reconocimiento de marca.

El film habla de la distancia que hoy existe entre los niños y los objetos físicos, del debate sobre el uso de pantallas en la infancia que todavía no termina de resolverse ni en las familias ni en las legislaciones de los países, y de una pregunta que muchos adultos ya se hacen con cierta incomodidad: ¿qué pasa cuando un chico prefiere una pantalla a cualquier otra cosa? Que una película animada de Disney-Pixar se meta en ese territorio es un mérito que se debe reconocer.

El núcleo emocional no está en Woody ni en Buzz sino en Jessie. La película apuesta todo a ella y en ese aspecto acierta bastante. Sus traumas por el abandono de su primera dueña, que la saga había abordado en el segundo film con aquella secuencia de «When She Loved Me» y nunca se mostró más de eso más allá de los cortos, encuentran aquí un espacio real y sin apuro. La amenaza de volver a ser dejada de lado reactiva esa herida de una manera que se siente genuina. La historia construye alrededor de eso giros que, sin spoilear demasiado, van a ser difíciles de ver sin que genere algo en el público.

Visualmente, la película sigue la tradición de cada entrega: más detalle, más texturas, más realismo en los entornos. Los materiales se ven como materiales, la luz se comporta como luz. Pero lo más interesante ocurre en las secuencias de imaginación de Bonnie, donde la animación muta hacia algo más rugoso y expresivo, con una paleta de colores saturados y líneas que evocan dibujos de crayón. Es un recurso que ya usaron otros, Spider-Man: Into the Spider-Verse lo llevó al extremo, pero que acá funciona porque tiene sentido narrativo: una representación de la imaginación infantil.

Hay también una subtrama con varios Buzz Lightyear perdidos en un container que no saben que son juguetes (un eco directo a la primera y segunda película) que funciona como alivio cómico y sirve para mover la trama en los momentos donde el arco principal necesita respirar. No aporta gran cosa más allá de eso, y se nota.

En conclusión, Toy Story 5 no es la mejor película de la franquicia, pero tampoco necesitaba serlo. Es una película que encontró un argumento sólido para existir: una historia sobre la infancia amenazada, contada desde los juguetes que siempre la representaron mejor que nadie. Llega con el peso del escepticismo encima y lo va desarmando de a poco, con momentos que emocionan y sin perder de vista que el público al que le habla merece algo más que nostalgia básica. Es una digna continuación para la franquicia. Ofrece un gran mensaje para los niños sobre la importancia de las conexiones humanas, la imaginación y de lo que significa el querer a un juguete, que es al fin y al cabo, el espíritu de la saga. (Calificación 4.5/5 = Excelente)