En The Loneliest Man in Town, el título responde fielmente a su protagonista. Este film austríaco, dirigido por Tizza Covi y Rainer Frimmel y proyectado en el BAFICI 27, sigue al cantor de blues Al Cook, quien enfrenta la inminente demolición de su departamento, cargado de libros, cintas, discos, instrumentos y recuerdos de una vida entera. Marcado aún por la muerte de su esposa, Cook inicia la búsqueda de un nuevo lugar mientras emprende, casi sin proponérselo, un recorrido sobre sí mismo.
Con cierta nostalgia, el film es profundamente crítico con la modernidad y su insaciable impulso por arrasar con todo lo que ya no es práctico. Desde ese punto de partida, construye un retrato entrañable sobre los sueños tardíos y la posibilidad, siempre frágil, de reinventarse.
La película trabaja con materiales reales (objetos, fotos, el propio departamento) pero articula una historia ficcional, en un artificio deliberadamente confuso que genera intriga. Alois Koch se presta a interpretar su alter ego artístico como un ser total: íntimo, tierno y devoto de Elvis Presley, con su carismático jopo de los años 50.
The Loneliest Man in Town sostiene su premisa desde un registro afectuoso, sin caer en la burla fácil hacia un protagonista singular en múltiples aspectos. La sátira aparece desde un lugar cálido, casi melancólico, y acompaña al personaje en su debate con lo que le sucede. Aunque podría haberse arriesgado más en este aspecto, funciona en relación con la personalidad de Cook.
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La película insinúa una doble crítica: por un lado, la presión de un mundo que avanza sin detenerse y, por otro, a ese hombre que nunca terminó de adaptarse al presente y quedó suspendido en el tiempo. El contraste entre el humor y la soledad del protagonista, uno de los núcleos más potentes del film, queda apenas esbozado.

En lo técnico, el film es consistente. La imagen es cuidada, con una estética cálida y vintage honorable a su tono; el trabajo sonoro, atravesado por canciones en bares y el sonido de vinilos, construye una atmósfera muy definida. La construcción del universo de Al Cook es sensible, y cada elemento parece dialogar con su mundo interior.
Sin embargo, en su progresión es donde la película empieza a flaquear. El ritmo, deliberadamente lento y contemplativo, termina volviéndose pastoso. Las escenas se acumulan y la película entra en una meseta que le quita impulso, volviéndose pesada por momentos.
Así, The Loneliest Man in Town encuentra belleza en su personaje y en su universo, pero se queda a mitad de camino en su desarrollo. El resultado es una obra que funciona en sus recursos y construye un retrato sensible, aunque, en su propia cadencia, termina apagando parte de la fuerza que su historia promete.

Nuestra calificación para The loneliest man in town
3.0/5 = Aceptable

