Moana es una joven isleña que responde al llamado del océano. Por primera vez, viaja más allá del arrecife de su hogar en Motunui. Acompañada por el semidiós Maui, emprende un viaje para enfrentar a los monstruos y peligros del mar, devolver el corazón de Te Fiti, salvar a su pueblo y restaurar la prosperidad en su isla.
En años anteriores, la excusa que encontraba Disney para traer de regreso sus historias clásicas con los live-actions era conectar a las nuevas generaciones con historias del pasado, actualizándolas a los estándares modernos. Así lo había hecho con films como Maléfica o El Libro de la Selva, que tuvieron muy buen recibimiento por parte de la crítica. Pero, con el tiempo empezó a notarse cómo esas apuestas se fueron volviendo cada vez más conservadoras. El Rey León apenas se arriesgó a cambiar nada, y Mulan directamente empeoró el material original. Los live actions empezaron a ser peor recibidos película tras película, con excepciones puntuales como Lilo y Stitch.
En ese contexto llega esta nueva versión de Moana, que se estrena apenas diez años después del film original, una decisión que ya de por sí resulta extraña. A eso se le suma el hecho de que Dwayne Johnson no cosecha un éxito de taquilla desde hace bastante tiempo (especialmente desde su paso por DC), por lo que no sorprende que haya sido él quien anunciara la película allá por 2023, sobre todo teniendo en cuenta que es uno de los productores.
La película es, en esencia, la misma historia que la animada: misma estructura, casi el mismo ritmo y el mismo desarrollo de personajes. No se agregan canciones nuevas como sí ocurrió en Aladdin o La Sirenita. El miedo a tomar riesgos por parte de los ejecutivos es evidente, y se nota incluso en la dirección de Thomas Kail, quien parece haber llegado al proyecto más por su relación con Lin-Manuel Miranda, tras dirigir la película de la obra de teatro Hamilton, que por una visión artística propia. El resultado es una película sin ningún rasgo distintivo, sin una decisión de puesta en escena que la haga memorable.
Visualmente tampoco encuentra forma de resaltar. La película animada original aprovechaba las posibilidades de la animación para generar momentos de humor y fantasía que el espectador acepta naturalmente dentro de ese lenguaje. Al trasladarse al live-action, esos mismos momentos pierden gran parte de su encanto. Además, hay secuencias donde la transición entre los actores reales y el CGI es demasiado visible, lo que rompe la ilusión en los peores momentos posibles.
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Pero lo que más daña a esta película es la sobreexplicación constante. Algo que en el film animado nunca fue necesario, debido a que todo se entendía por sí solo, acá se convierte en un tic molesto. Cada detalle se subraya, cada chiste se repite, cada detalle mínimo se señala o se repite constantemente. Se nota que los estudios están tratando de adaptarse a los problemas de atención del público infantil actual, insertando estímulos a cada segundo para no perder el hilo. La animada sabía cuándo parar y dejar respirar la historia. Esta versión, que encima dura diez minutos más, no se permite un solo momento de silencio.

Dwayne Johnson decepciona bastante. Su intento de recrear los momentos más icónicos de Maui no solo no transmite lo mismo sino que, en varios casos, les quita la gracia. Como se mencionó antes, hay chistes que funcionan dentro de las reglas de la animación y que simplemente no se sostienen en el live-action. La actriz Catherine Laga’aia es, en ese sentido, lo más rescatable del film: logra ser encantadora como protagonista y tiene sus momentos, pero no alcanza para sostener una película que no le da demasiado con qué trabajar.
Existe la famosa frase «si no está roto, no lo arregles». Esta película es la demostración más clara de lo que pasa cuando no se la tiene en cuenta. Estrenarse apenas diez años después del film original, sin nada nuevo que decir y con una historia calcada, solo deja en evidencia que detrás de este proyecto hubo más cálculo comercial que necesidad creativa. Probablemente tenga su éxito de taquilla (el nombre y la nostalgia hacen su trabajo), pero eso no la hace mejor película. Solo la hace más sintomática del momento que atraviesa Disney.
Nuestra clasificación de Moana
2.5/5 = Regular

