En el extremo sur del país, donde Tierra del Fuego y su paisaje parecen diluir los límites entre lo tangible y lo que está un poco más allá, Risa y la cabina del viento, de Juan Cabral, propone un coming of age fantástico atravesado por el duelo. Protagonizada por Elena Romero, Diego Peretti, Julieta Cazzuchelli (Cazzu) y Joaquín Furriel, la historia sigue a Risa, una niña de diez años que, conflictuada por los traumas de haber perdido a su padre cuando recién nacida, se ve atraída por una cabina telefónica capaz de conectar a los vivos con quienes ya no están.
Risa y la cabina del viento es ambiciosa desde lo cotidiano que propone. Construye un mundo familiar, enfocando sus personajes desde la búsqueda antes que desde la definición. Todos están atravesados por algo que no termina de resolverse, y es a través de ese tránsito que encuentran su lugar en el relato.
El punto de vista de Risa ordena esa experiencia: su curiosidad y necesidad de entender lo que le pasa impulsan una narración que se abre constantemente a nuevas capas, en un universo donde lo fantástico se integra con naturalidad a lo cotidiano. Sin ir más léjos, su principal sidekick es un hámster (Kuro, muy entrañable cabe destacar). Esta suerte de compañero silencioso funciona como extensión de su mundo interior y símbolo de la inocencia, que aún persiste frente a los dolorosos descubrimientos que la atraviesan.

En esa lógica, el entorno no es solo decorado. La Tierra del Fuego que filma Cabral (con Leandro Filloy en fotografía) acompaña con su belleza rústica y desoladora el estado interno de los personajes. Aislados en un comienzo, los vínculos empiezan a transformarse a medida que avanza la historia, generando una química progresiva que le da al film su costado más cálido. El tono, entre lo emotivo y lo relajado, encuentra momentos de comedia y ternura que equilibran el peso del drama.
Desde lo técnico, Risa y la cabina del viento encuentra varios de sus puntos más altos. La estética es uno de ellos: hay una construcción visual precisa, con planos estáticos que refuerzan el estancamiento emocional y que solo se quiebran cuando los personajes logran avanzar. La decisión formal dialoga de manera directa con lo que la historia propone.


El diseño sonoro eleva aún más la propuesta. La naturaleza, el sonido del teléfono y el uso musical de Babasónicos construyen una atmósfera inmersiva que envuelve al espectador. Si bien el montaje se percibe algo apurado en ciertos pasajes, durante buena parte del metraje logra sostener un ritmo efectivo que acompaña el desarrollo de los primeros actos. Como punto bajo, los diálogos por momentos resultan demasiado literales, como si buscaran subrayar aquello que la puesta en escena ya sugiere con mayor sutileza. Esa insistencia les quita naturalidad y los vuelve algo pesados en su fluir, afectando la organicidad de los vínculos.
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Es en su tramo final donde la película pierde parte de su precisión. La acumulación de conflictos y giros narrativos deriva en resoluciones desparejas, con algunas líneas que funcionan con solidez y otras que quedan en un terreno más difuso. Incluso, con algunas inconcordancias lógicas, como lo es el caso puntual del personaje de Esteban.
Aun así, el film no pierde su valor. En su ambición por proponer un mundo donde lo emocional y lo fantástico conviven, Risa y la cabina del viento logra momentos de verdadera sensibilidad y conexión. Podrá fallar en los distintos cierres de las historias que plantea, pero en ese intento imperfecto y genuino encuentra su mayor virtud. Es una película que arriesga.
Nuestra calificación de Risa y la cabina del viento
3.5/5 = Buena


