Un hombre recibe una carta con la noticia de que su madre falleció. No siente nada. Asiste a su funeral. Tampoco siente nada. Para aquellos ávidos de la lectura, la premisa no les será revolucionaria. El extranjero, filme de François Ozon, retoma en su título y desarrollo la novela de Albert Camus, pero con un giro interesante. Retomando qué nos ofrece el relato, la historia sigue a Meursault, un hombre emocionalmente desconectado que transita su vida con una indiferencia casi absoluta. Tras la muerte de su madre, una serie de acontecimientos lo empujan hacia un crimen tan abrupto como inexplicable. A partir de allí, el foco se desplaza hacia las consecuencias de ese acto, en un proceso donde la justicia parece juzgar más su forma de estar en el mundo que el hecho en sí.
Actualizada a nuestros días, la película reformula los dilemas y el núcleo de la historia desde su punto de partida: ya no abre con el histórico íncipit de Camus, sino con su consecuencia directa. Un hombre es encarcelado y nos lo explica sin rodeos: “Maté a un árabe”.
Dicho gesto condensa una pregunta que atraviesa muchas adaptaciones contemporáneas: ¿cómo llevar al cine una novela clásica aportándole algo nuevo? Ozon logra darle una vuelta de tuerca al relato clásico de Camus, transportándolo al hoy sin quebrar su esencia. Su versión mantiene el eje en el absurdo, pero suma una lectura más explícita sobre el colonialismo y la construcción del “otro”, desplazando levemente la estructura original sin perder su foco.
La distancia como forma
En términos formales, El Extranjero se apoya sobre una puesta en escena de gran cuidado estético. Filmada en blanco y negro, Ozon construye imágenes de una belleza fría y distante que dialogan con el extrañamiento del protagonista. La cámara observa a Meursault con un glamour precioso. El absurdo de Camus plantea el desarraigo del personaje con la realidad que le rodea; la película observa este comportamiento de forma distante. Los encuadres alcanzan una potencia visual que invita a detenerse en ellos, y Ozon lo entiende. Les da tiempo, deja que respiren. La imagen tiene un peso cuasi equivalente a las cuestiones morales que plantea la obra.
El peso de dichas imágenes recae constantemente sobre el actor Benjamin Voisin, un idóneo Mersault en espíritu. El francés encarna las muecas, silencios y tiempos de una forma brillante. Como resultado, construye un personaje desalmado e incómodo, pero dotado de una presencia hipnótica.

Cuatro partes, cuatro ritmos
La estructura en cuatro actos es clara, aunque irregular. El inicio funciona con eficacia al establecer el tono y la indiferencia del protagonista frente a la muerte de su madre. La segunda parte, centrada en su relación amorosa con Marie y los demás vínculos sociales, pierde dinamismo, volviéndose reiterativa y adormecedora.
Cuando el relato empieza a perder impulso, el tercer tramo recupera la tensión con la secuencia en la playa, donde alcanza su punto de quiebre. Finalmente, el juicio concentra el conflicto moral de la obra. Aunque resulta sólido en lo conceptual, su extensión excesiva termina por volverse agotadora.


En definitiva, Ozon ofrece una adaptación que no se limita a replicar a Camus, sino que dialoga con él. De una potencia visual excelsa, la película encuentra mayores dificultades en su desarrollo narrativo, donde el ritmo y la extensión terminan jugando en su contra.
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Nuestra calificación para El extranjero
3.5/5 = Buena


